martes, 9 de septiembre de 2008

Crecimiento demográfico

Por: Enrique Galván-Duque Tamborrel

El crecimiento demográfico de los 40 provocó una incontrolable acumulación de miseria.- En tan sólo cincuenta años la capital del país aumentó cinco veces su tamaño, de acuerdo con la investigación titulada La cultura social a mediados de siglo, de José Joaquín Blanco, académico de la Dirección de Estudios Históricos (DEH) del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), quien elaboró un detallado recuento histórico del crecimiento que se dio en el Distrito Federal a mediados del siglo XX.

De acuerdo con la investigación de Blanco, la historia mexicana habla de una expansión producto de la modernidad, la tecnología, las condiciones mundiales y el azar, que encontró su inicio en el año de 1940.

En esa década, el país no llegaba a los 20 millones de habitantes; durante los años cincuenta superó la cifra de los 30 millones, lo que representa una densidad de 15 habitantes por kilómetro cuadrado. Entonces se producía oro, plata, cobre, plomo, zinc, petróleo.

Mientras que en la agricultura los productos que se generaban eran maíz, trigo, azúcar de caña, naranja, copra, henequén, cacahuate y ajonjolí. El 70 por ciento de las exportaciones era de productos mineros, entre los que destacaba la plata de Pachuca.

El 85 por ciento de las exportaciones se dirigía a un solo cliente: Estados Unidos. El 80 por ciento de lo población vivía en y del campo, y a penas había medio millón de obreros en 1945.

La esperanza de vida no rebasaba los 40 años, se carecía de agua potable en prácticamente toda la República --lo que además generaba violencia entre campesinos--, seguían funcionando –con ritmo cansino-- los ferrocarriles de don Porfirio Díaz y apenas se introducían los nuevos proyectos de carreteras.

“Este manojo de datos debería darnos la idea del tamaño de la explosión demográfica y social que se dio en la segunda mitad del siglo XX. El país se multiplicó por cinco sin extender en esa proporción la infraestructura, los servicios y los bienes necesarios, que siempre han sido escasos.

“Por ello cabe señalar que las crisis de décadas recientes encuentran su origen en el cráter que dejó ese estallido de los años cuarenta; el crecimiento demográfico provocó una incontrolable acumulación de miseria”.

Blanco señala en su estudio que en esa época México tenía muchas deudas con su pasado, mismas que trató de dirimir por esos años, y que si no explican del todo su historia ni su manera de pensar, sí matizan su peculiaridad y la personalizan.

Desde los años cuarenta se ritualiza el autoritarismo, en lo que conocemos como “los sexenios del PRI” y nuestros antepasados --quienes no dejaron de combatirlo o al menos de criticarlo-- no advirtieron toda su enormidad y su extravagancia, pues la protesta social no solía dirigirse a lo que hemos llamado el “sistema”, sin saber muchas veces con precisión lo que se quiere decir con eso.

Por otra parte, la consolidación del sistema político mexicano se enfrentó a la catástrofe de un mundo en guerra general, que a su vez dotó a nuestro país de virtudes inesperadas.

La vieja nación bronca, conocida en todo el mundo sólo por sus balazos, su persecución a los curas y las guerras civiles, se volvió foco de paz que atrajo a perseguidos y exiliados de los países en guerra.

“Somos cinco veces más país que antes, pero también en igual proporción más angustiados y débiles, con soluciones más complicadas”. No podemos ver aquella época como un paraíso dorado. Hemos pagado con creces sus errores, ingenuidades y corrupciones. Nos quedan al menos veinte años más de castigo.

“Se acercan tiempos de grandes transformaciones novedosas, tal vez no ligadas a signos ideológicos nítidos, como durante la Guerra Fría, sino a la experiencia regional de muchos países. Se dice que China, Corea, la India y Brasil van perfilando sus reacomodos. El caótico modelo mexicano acaso empiece apenas a insinuar algunos, que ninguno de los tres partidos principales ven con claridad”. Pero lo que es peor: la ciudadanía es reacia a compenetrarse en la importancia que tiene su decidida participación para lograr avances sustantivos, no acaba de digerir que a los países los construye –también los destruye-- sus habitantes.